domingo, 2 de octubre de 2011

La despedida de Judas Priest en México y la historia de Ronnie James Dio en disco compacto

Félix Morriña

Tenía que estar ahí pese a todo y contra todo. No podía perdérmelo por ningún motivo. La despedida aunque no definitiva de la banda inglesa Judas Priest de los escenarios internacionales de la música a través de la Epitaph World Tour no podía ser pasada por alto por este interlocutor. Ellos no se separan, sólo se retiran por una larga temporada luego de 40 años de trayectoria, fama, excesos y cansancio. Era momento de aflojar el acelerador y dejar de oficiar misa heavymetalera. Yo debía estar ahora mismo rezando cada una de las canciones interpretadas a lo largo de casi dos horas y media de concierto en el Palacio de los Deportes del pasado viernes 30 de septiembre.
            Todo empezó la noche anterior al concierto. En el trabajo ya había anunciado que estaría presente en ese magno encuentro con el cantante Rob Halford, el baterista Scott Travis, el guitarrista Glenn Tipton, el cuatro cuerdas Ian Hill y el seis cuerdas Richie Faulkner, por lo que mi ausencia estaba justificada por el cinismo, el descontrol etílico y los recuerdos de cuando niño y adolescente me hacían escuchar repetidamente discos y casetes como Killing Machine (1978), British Steel (1980), Turbo (1986) y Painkiller (1990) por parte de mis tutores infernales del metal más pesado de todos los tiempos.
            ¿Se imaginan estar en la inauguración de una sucursal de la Harley Davidson en Ocoyoacac sin la rola “Breaking The Law” y “Hell Bent For Leather” de Judas Priest? Era la noche del jueves 29 de septiembre cuando en plena faena etílica a la altura de la ex Hacienda Jajalpa les hacía entender a mis compañeros de trabajo que sin estas dos rolas no tenía caso estar en una sucursal de la tienda de motos más importante para la comunidad rockera. Ellos no entendían mucho de lo que les hablaba por lo que tuve que ir a decirle al DJ que pusiera esas rolas, además de las clásicas piezas metaleras donde por supuesto aparecen suculentas y exquisitas féminas en motos y en bolas. Lo más importante es que el gerente operativo, Eduardo Guzmán Rocha, lo entendió a la perfección y apoyó mi solicitud.
            Ya el día del concierto, llegué como pude al Palacio de los Deportes. El Jack Daniels había hecho mella en mis 40 años de existencia, pero no para dejar de estar consciente de que no vería a Judas Priest por bastante tiempo. Es más, creo que ya jamás los volveré a ver en vivo, por eso no podía faltar, sobre todo si el telonero se trataba de un invitado especial: Whitesnake, sí el que comanda el cantante y guitarrista David Coverdale. Ese cabrón, por espacio de una hora, me hizo volver a la secundaria, a mis épocas de vago en el CCH Azcapotzalco, a mi etapa porril. Por cierto, mientras escribo esta columna, la dedico a mis antecesores caídos el 2 de octubre de 1968 y a mis Pumas que ganaron el sábado previo por 1-0 a los ojetes del América.
            Volviendo al concierto, luego de escuchar a todo lo que da el sonido del Palacio de los Rebotes “Screaming For Vengeance”, “Breaking The Law”, “Pain Killer”, “Rapid Fire”, “Metal Gods”, “Heading Out To The Highway”, “Judas Rising”, “Starbreaker”, “Nostradamus”, “Nightcrawler”, el cover de Fleetwood Mac, “The Green Manalishi (With The Two Pronged Crown)”, “Electric Eye”, “Hell Bent For Leather”,  “You’ve Got Another Thing Comin’” y “Living After Midnight”, me prometí moderarme con el Jack Daniels para poder ver a más bandas de este tipo, porque no quiero quedarme en una pinche silla de ruedas o en otro estado fisiológico, sin poder bailotear cual quinceañero.
            Debo reconocer, que me cansé a la mitad del concierto, por lo que me tendí sobre una de las repisas del balcón presidencial donde fui acreditado para sólo escuchar las rolas de Judas Priest. Me dije, nada de drogas duras, nada que no sea whisky. Ya estás concentrado, ya estás bien con lo ingerido, ahora disfrútalo y deja de molestar a los ñoños colegas que se incomodan por tus sarcásticos comentarios. Nunca pensé que las nuevas generaciones de reporteros rockeros fueran más sensibles que una mujer embarazada. Mis colegas de generación y los más rucos, ni cuenta se dieron de que se habían incomodado los de al lado, y eso que éramos siete rucos. De antemano, me disculpo por ser irónico y los felicito por escuchar y cubrir a mis compas de Judas Priest.
            Por otro lado, y ya que estamos de metaleros, el sábado pasado conseguí en el Tianguis Cultural del Chopo, justo en un aniversario más del espacio de la colonia Guerrero, de la capirucha mexica, el disco doble The Ronnie James Dio Story. Mightier Than The Sword, el cual es una verdadera joya para todos los amantes del trabajo creativo que hiciera el fenecido enano cantante.
            El disco incluye todo lo mejor del trabajo discográfico de Dio de 1974 al 2011. El álbum tiene la característica de poseer un cuadernillo completamente ilustrado y con todos los detalles de su paso por las bandas en las que participó, entre ellas, Black Sabbath, Rainbow y con su banda Dio. Para todos los que tuvimos la oportunidad de verlo en vivo, tanto en el Auditorio Nacional como en el entonces Vive Cuervo Salón, otrora Salón 21, podemos decir que se trata de un trabajo discográfico indispensable en la fonoteca de cualquier melómano empedernido.
            Escuchar temas como “Kill The King”, “Gates Of Babylon”, “Die Young”, “Heaven And Hell”, “Voodoo”, “Rainbow In The Dark”, “Push”, “Neon Knights” y “Bible Black”, entre otras, nos hacen sentir mucho más jóvenes que muchos veinteañeros. Haga un hueco en su precaria economía para adquirir este maravilloso producto de la canasta básica de todo metalero decente. Hasta la próxima.



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